miércoles, 11 de noviembre de 2009

EL NIÑO

(Primer premio Concurso Literario “Integración del Sur 90”, MALARGÜE, Mendoza)

Un día apareció en el pueblo diciendo a todo el que quisiera oírla, que el niño que llevaba en brazos era hijo mío.
Según me dijeron, el niño no se parecía a mí en lo más mínimo. Y si a eso le sumamos que yo jamás había estado a menos de un metro de ella, puede fácilmente comprenderse el nerviosismo que esto trajo en ese momento a mi apacible personalidad.
Ella tenía una cierta deficiencia mental y era conocida por “la loca” o “la tonta”, lo que dada las circunstancias, tanto me condenaba como me absolvía, según el criterio de quién me juzgara.
Al principio decidí no darle importancia a los comentarios, a pesar de lo mucho que me molestaban las bromas de mis amigos, a veces gritadas de vereda a vereda en pleno horario comercial.
Cuando supe que ella había ido a buscarme a casa de mis padres, decidí que era el momento de darle un corte a la situación. Si en lugar de la dirección de mis padres hubiera averiguado la mía, hubiera sido atendida por mi esposa. Y en estos momentos yo tendría entablado un juicio por divorcio.
Pero no sabía cómo hacer. Me imaginaba discutiendo con ella en plena calle e inmediatamente me veía ridiculizado ante los ocasionales testigos, que seguramente aparecerían. Me preocupaba el hecho de tener que hablar con alguien que no tenía el cien por cien de sus facultades mentales en uso, y además estaba seguro de que, dada la insistencia, espontaneidad y firmeza de sus acusaciones, ella pensaba que realmente era yo el autor de su embarazo, y por lo tanto, responsable de su reciente estado de maternidad.
Recordé que no conocía a su familia ni dónde vivía. En realidad no conocía nada de ella cuando todo empezó. Y fue a partir de allí que comencé a averiguar qué clase de persona era la que me acusaba.
De su deficiencia ya había oído. El pueblo es chico y esa muchacha solía vagar por la zona céntrica en horas del mediodía. Alguno de mis amigos lo había comentado al verla pasar.
Cuando mi madre me dijo que una muchacha rubia, de pelo corto y con un niño en brazos me había ido a buscar, casi me desmayo. Eso ya era demasiado. Y lo que es peor, ella podía regresar en ese momento y la conversación en ese caso, tendría de testigos a mi madre y mi tía, que a esta altura, junto con mi esposa, eran las únicas del pueblo que ignoraban la noticia.
Debía evitarlo. Averigüé su dirección tratando de ser discreto, pero fue inútil. El mozo del bar que me dio el dato, al retirarme me dijo con ironía:
- Ah, te felicito. Es un chico muy bonito.
Se quedó limpiando el café y el agua que cayeron de su bandeja cuando huía de mi furiosa embestida.
Llegué a la casa. Era humilde. Tenía una cerca de alambre tejido y en el patio que la separaba de la vereda había una canilla con un gran charco, donde se bañaban dos patos.Llamé golpeando las manos. Pocos segundos después salió una señora que reconocí, por la figura, como la madre de la muchacha.
- ¿Qué desea? - preguntó.
- Buen día - dije-, quisiera hablar con su hija.
La mujer me miró entrecerrando los ojos y luego dijo:
- Ella no está ahora. Se fue al centro. Debe estar por llegar. ¿Para qué quiere hablar con ella?
- Bueno,... es por algo... relacionado con el... el nene,... su nieto, supongo...
- Ah, sí, el nene... - dijo ella y agregó interesada -: ¿Usted lo quiere?
Me sorprendió, pero me repuse enseguida.
- No... no,... es... por otra cosa,... lo que pasa es que me dijeron...
- Sí, ya sé - interrumpió sonriente -, le dijeron que queremos dar al nene de mi hija... Es cierto, ella... ¿vio?... tiene la inocencia de una niña de diez años... y alguno se aprovechó... Hay gente así...
Al decir esto, la mujer bajó la voz y acercándose más, dijo en tono confidencial:
- Ella sabe quién fue,... sabe el nombre,... pero imagínese,... el tipo lo va a negar... ¿Y cómo le prueba uno que fue él? ¿Ah?... Nosotros somos gente pobre, además, yo ya le dije a ella: ... nosotros no podemos criarlo, así que hay que buscar alguien que lo quiera y que tenga con qué mantenerlo...
Hizo una pausa en la que corrió con un pie a un pato que le estaba picando el cordón de la zapatilla. Después miró mi automóvil y continuó:
- Ella me dijo que sí, que lo dé nomás... Primero no quería ¿vio?, pero... ella no entiende lo que es responsabilidad... y como es tan chiquito todavía, mucho no lo va a sentir... ¿quiere verlo?...
Antes de reaccionar ya estaba esquivando el charco y los patos, siguiendo a la mujer en su camino hacia la casa. Ni siquiera recordé que mi objetivo al llegar allí era completamente distinto.
El niño era, tal cual dijera el mozo que lo conocía, muy bonito. Y se veía perfectamente normal. Estaba despierto y allí, acostado en ese cajón frutero que hacía las veces de moisés, parecía muy tranquilo. Me sonrió al verme y volvió a ponerme nervioso.
- Señora - dije sin saber cómo continuar con el sentido que yo quería darle a la conversación -, yo... yo me llamo...
- ¡No! ¡No me lo diga! - interrumpió con firmeza -. No quiero saber quién se lo lleva,... es mejor así,... fíjese que ni lo hemos querido anotar...- No,... lo que pasa es que... - intenté continuar.
- Mire, tome - dijo ella alzando al niño y dándomelo envuelto en una frazadita, a la vez que miraba nerviosamente hacia la calle -. Es mejor que se lo lleve ya mismo, antes de que ella vuelva,... así no hay problemas,... no vaya a ser que se arrepienta...
Tomé el niño y salí hacia la vereda seguido por la señora, que me agradecía mucho que tuviera tan buen corazón y me recomendaba que no le hiciera faltar nada a su nieto, ya que yo podía.
...........................................
Creo que he hecho una locura. Pero ya no tiene remedio. El niño está allí, durmiendo en su flamante moisés de mimbre. Dentro de un rato volverá mi esposa. Presiento que tendremos una larga conversación.

Rubén Antolín Heredia - del libro "La Tarde de Tadeo"

domingo, 8 de noviembre de 2009

Cuento Cruel



Mi primo siempre me tuvo un poco de antipatía, pero desde que ambos salimos del hospital y yo comencé a moverme en silla de ruedas, ese sentimiento se acentuó. Ahora, intentando justificarlo o al menos entenderlo, se me ocurren varias explicaciones. Es posible que por haber sido yo sido quien manejaba el auto en el momento del accidente, en él hayan despertado viejos rencores no resueltos de nuestra infancia. Ignoro los términos exactos para definir las características psicológicas de su proceder, pero las cosas que comenzó a hacer a partir de ése, nuestro regreso a casa, fueron increíbles y hablan por sí solas. Cuando yo pasaba frente a él, moviéndome trabajosamente en esa pesada e incómoda silla metálica a la que nunca terminaría de acostumbrarme, podía sentir su mirada de odio en la nuca. Y podía escuchar las maldiciones que farfullaba entre dientes. Yo me volvía y lo miraba, tratando de parecer desafiante, aunque sabía que mi rostro nunca lograría expresar un resentimiento como el que emanaba de sus ojos malvados.
- Yo no tuve la culpa del accidente – le dije una vez.
- Yo no te echo la culpa de eso – contestó, parco, como siempre y manteniéndome su mirada fulminante.
Callé y bajé mis ojos. Ya sabía que los detalles del accidente no importaban demasiado ni justificaban su odio evidente. Había algo más, pero yo no lograba averiguarlo. Hice girar las ruedas de la silla y me alejé de allí; podía sentir su perversa mirada quemándome la espalda.
Una mañana de verano, él despertó antes que yo y aprovechó la oportunidad para tomar mi silla. Quería desarmarla. Afortunadamente mis padres escucharon los ruidos y le quitaron la silla cuando sólo había alcanzado a aflojar una de las ruedas. Recuerdo que mi padre le dio una fuerte bofetada que le hizo sangrar una herida del rostro en la que aún no habían cicatrizado los puntos. Él la soportó impávido mirando a mi padre con su odio eterno.
Cuando la silla estuvo nuevamente ajustada, mis padres me ayudaron a acomodarme en ella. Él, mientras tanto, permanecía allí cerca, en silencio y con su característico gesto de desprecio y aborrecimiento. Lo que más me torturaba de esa situación era que por más que pensaba y pensaba, no podía entender el motivo de tanto odio. Sólo había podido deducir que ese odio se había forjado después del accidente, cuando yo empecé a andar en la silla de ruedas, porque antes, si bien no éramos amigos, al menos nos saludábamos... y hasta salíamos ocasionalmente juntos, como la noche del accidente.
Finalmente, hoy me cansé de tanto rencor injusto y decidí salir a tomar aire al jardín. Me levanté temprano, tomé la silla y la dejé junto a la cama de mi primo. Que haga lo que quiera con ella. Después de todo, yo puedo caminar perfectamente, y a él le faltan las dos piernas.

Rubén Antolín Heredia

martes, 8 de septiembre de 2009

El Regreso de Mambrú



Una tarde, cuando ya nadie lo esperaba y muchos habían olvidado su nombre, Mambrú volvió de la guerra. Entró a mi pueblo caminando, por la calle principal, vestido como Rambo, con pantalones verdes y chaqueta gris, ambos con varios bolsillos, y pesados zapatones de militar embarrados por la lluvia de la mañana.
El policía que custodiaba la puerta del banco, siempre atento a las caras nuevas, se le acercó y le pidió documentos. Mambrú sacó un papel de uno de sus tantos bolsillos y se lo entregó. El policía leyó y mientras lo hacía su rostro mostraba más y más admiración.
- ¿Mambrú? – preguntó mientras levantaba la vista -, ¿el de la canción?
- No,... el que fue a la guerra – contestó Mambrú, que aún no había escuchado la antigua canción compuesta en su honor.
- Por eso, el de la canción que cantan los niños – dijo el policía devolviéndole el papel.
Mambrú no entendió pero no dijo nada; dio media vuelta y se alejó sin saludar. En la guerra había aprendido a no confraternizar con extraños.
Unos minutos después llegó frente a la que había sido su casa y se detuvo un instante a mirar los añosos árboles y la calle, su calle, ahora cubierta de asfalto.
Golpeó la puerta. Una mujer despeinada abrió y lo miró en silencio.
- ¿Eres tú? – preguntó.
- Según... ¿tú quién eres? – contestó Mambrú.
- Anabella... – dijo ella.
- ¿Anabella?... Entonces yo no soy yo; no conozco a ninguna Anabella – reconoció Mambrú.
- De todos modos, pasa – dijo ella -, tal vez seamos parientes, te encuentro rasgos conocidos.
Tenía razón, media hora más tarde habían desenredado la madeja familiar y se sabían primos lejanos. Mambrú, sentado a la mesa de la cocina, se había sacado su gruesa campera y tomaba mates con total confianza. Anabella, que se había retirado unos minutos a peinarse, tenía ahora un mejor aspecto y se mostraba contenta del regreso de ese guerrero al que hasta entonces sólo conocía por dichos de su abuela, ya muerta, y por la famosa canción que lo eternizaba sin detallar su origen.
- ¿Qué pasará ahora que has vuelto? Seguramente vendrán periodistas de todo el mundo a verte – se preguntó y se contestó ella.
- ¿Periodistas? ¿Porqué? ¿Alguien me recuerda? – se extrañó Mambrú.
- ¿Alguien? Eres famoso en todo el mundo. Todos saben que alguna vez te fuiste a la guerra y que nunca regresaste... hasta ahora... – dijo Anabella, recordando luego de una pausa -. Además,... está la canción...
- ¿La canción... ? ¿Qué canción? El policía del banco también mencionó una canción – recordó Mambrú.
- Te hicieron una canción hace muchísimo tiempo, tal vez más de cien años, todos la conocen, especialmente los niños... – le informó ella comenzando a cantar lo poquito que sabía:
- Mambrú se fue a la guerra Chiribín chiribín chin chin, Mambrú se fue a la guerra no sé cuando vendrá... Ah pa pá... Ah pa pá
- ¿Criribin Chin Chin? ¿Apapá? ¿Dijiste esos nombres? – preguntó Mambrú sobresaltado y casi poniéndose de pie.
- No son nombres, son palabras que se dicen porqué sí nomás, sin sentido, no te olvides que es una canción para niños.
- No son palabras... Son nombres... y yo conocí a esas personas – dijo él acomodándose nuevamente en su silla con tono nostálgico.
- ¿Son nombres? ¿Esas palabras son nombres?
- Lo son, Chiribín Chin Chin era un soldado chino. Cansado de su régimen, desertó y me ayudó a escapar del arrozal donde estuve esclavo durante ocho años.
- ¿Dijiste “era”?... ¿Acaso... ? – pregunto ella dudando.
- Fue atrapado en la playa y murió fusilado. Yo alcancé a escapar en su bote – recordó Mambrú con tristeza.
- ¿Y el otro?
- ¿Apapá?... ¿Cómo no recordar a Apapá?... El pequeño niño ciego de Nepal que me guió al cruzar las montañas del Himalaya.
- ¿Te guió? ¿Era ciego y pudo guiarte al cruzar esas montañas? – preguntó Anabella, cada vez más asombrada.
- Lo hizo... No sabes cuánto le costó. Yo tenía que decirle todo lo que iba viendo. Pero lo hizo. ¡Pobre Apapá! Él también tuvo un final terrible.
- ¿Qué le ocurrió?
- Murió allá, en las montañas. Fue muy triste por la forma en que pasó. Me parece verlo, aquella mañana en que desperté y asomé la cabeza de la carpa térmica donde había dormido. Él, según las costumbres de Nepal, había dormido afuera, acurrucado, cuidando la entrada.
- Se había congelado... – arriesgó ella.
- No, ya se había levantado y me esperaba con el desayuno listo. Tenía buena mano para la cocina. Pero, sin notarlo, se había parado justo al borde del desfiladero. Yo intenté advertirlo... pero sabía poco de su idioma, confundí las palabras y en lugar de decirle que se quedara quieto le dije que avanzara. Recordé las palabras exactas, intenté corregir mi error... pero él ya iba cayendo. Aún suenan en mis oídos sus últimas palabras... – dijo Mambrú abatido por esos recuerdos dolorosos.
- ¿Alcanzaste a escuchar sus últimas palabras? ¿Qué dijo? – preguntó ella emocionada.
- Nada importante... algunas malas palabras en tibetano... – dijo Mambrú bajando la mirada.
Anabella se había quedado de pie sosteniendo en las manos el mate frío. Estaba extasiada con esos recuerdos de su primo.
- ¡Entonces... si saben eso... si saben lo de Criribin Chin Chin... y lo de Apapá... tal vez... también sepan lo otro... ¡ – dijo Mambrú de pronto con tono alarmado.
- ¿Lo otro? ¿Hay algo más? ¿Algo grave? – preguntó ella asustada.
- Hay algo más... una triste historia. Otra de las tantas que tengo para contar. Ocurrió cuando estuve en Nigeria. Me detuvieron por cruzar un semáforo en rojo y atropellar a una anciana. Como no tenía dinero para la multa y el auto era robado, se aprovecharon de mi condición de extranjero y me castigaron con un día de prisión. En la comisaría no había calabozo y me enviaron a la cárcel común, un solo pabellón para trescientos presos... – dijo Mambrú mirando sin ver el mantel de la mesa.
- ¿Qué pasó? ¿Escapaste de allí? – preguntó Anabella, sentándose a su lado y tomándole una mano con gesto comprensivo.
- ¿Escapar? No, de allí nadie podía escapar... Había varios carteles que lo prohibían. Recuerdo que era la noche de Navidad, frente a esa cárcel había un instituto médico especializado en impotencia masculina. Esa tarde el correo confundió un envío de la Cruz Roja y repartió trescientas revistas pornográficas entre los presos... Yo era el único blanco allí... fue una larga noche...
Anabella se estremeció en silencio. Una de las lágrimas de Mambrú cayó sobre el mantel formando curiosamente una mancha similar al mapa de África.
- Tengo que irme, los periodistas vendrán pronto y querrán saber más... y más... siempre quieren saber más... – dijo Mambrú.
- Pero... no tienes a dónde ir – le recordó Anabella sin soltarle la mano.
- Tengo. Acabo de recordar que antes de subir al último avión, un amigo me invitó a trabajar con él en la explotación de una mina de oro. Seguramente ahí estaré bien – dijo Mambrú.
- ¿Una mina de oro? ¿Y dónde queda esa mina?
Mambrú tosió un poco, intentando aclarar la voz que se le perdía entre tantos recuerdos dolorosos, y luego, sin haber recobrado la nitidez y el tono recio de siempre, bajó la vista y casi susurró:
- En Nigeria.
Anabella no dijo nada. Permaneció en silencio mientras su primo se colgaba el bolso al hombro y tomaba la campera que descansaba en una silla.
- Tal vez algún día vuelva,... cuando todos hayan olvidado... - dijo él besándole la mejilla.
- Aquí estaré – dijo ella abriéndole la puerta mientras las lágrimas brotaban de sus ojos por ese guerrero sin edad que se iba de su vida apenas una hora después de haber entrado.
Y Mambrú se fue, caminó por la misma calle de asfalto que alguna vez, hace más de cien años, lo viera marcharse a la guerra, tomó un colectivo a la ciudad y se perdió, como uno más, entre millones de seres humanos sin historia y sin canción.

Rubén Antolín

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Tengo dudas, muchas dudas
Aunque creo que hay algunas
Que encontraron su respuesta
Y la callan... por las dudas.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Mi perro duerme


La siesta tiene el color del bronce,
el mes de Enero es mes de fuego.
Hasta el sol piensa: - Sería bueno
si yo pudiera llevar sombrero.
La sombra busca refugio propio
en un costado de la alameda
y se recuesta en las acequias
donde la tierra siempre está fresca.
Y allí... se encuentra mi perro
tendido cerca de un charco,
respirando con jadeos
y durmiendo como un vago.
Él es así, ya lo he dicho
en otros versos dispersos,
le gusta pasar la vida
sencillamente viviendo.
Nunca va a llegar a nada,
parece un caso perdido,
no voy a verlo en TV
ni trabajará en un circo.
Es un perro, nada más,
poca cosa para algunos.
Es un perro, nada menos,
uno más en este mundo.
Llegó a mi casa una tarde,
y llegó para quedarse.
Mueve la cola si come,
y también si tiene hambre.
Yo lo defiendo si lo pelean,
aunque confío en sus mordiscos
y no me gusta que lo comparen
con otros perros de mis vecinos.
¿Será el calor quién me conduce
a escribir versos sobre mi amigo?
Que nadie hable, mi perro duerme
y está soñando un sueño mío...

lunes, 24 de agosto de 2009

UN PEQUEÑO POEMA PARA EL VIENTO

Este viento que me barre la vereda,
sabe todo lo que pasa en la otra cuadra.
Me despeina, me rodea, me estremece,
y se va con su secreto hacia la nada.

Es el mismo que acompaña a la llovizna
y el que seca mi calle, cuando pasa.
Y en las noches de frío, al inmigrante,
lo regresa a su estepa, tan lejana.

Es el viento amarillo que, en Otoño,
le cosecha las hojas a los álamos.
Y en la tarde infantil de un día Domingo,
en un pobre barrilete... lee el diario.

Yo recuerdo haberlo visto, cuando niño,
dibujando un terciopelo en la laguna,
y enmarcando en un retrato luminoso
el semblante demacrado de la luna.

Hay mañanas que despierta contrariado
y nos echa en la cara su desdicha.
Pero el sol lo aconseja y se arrepiente...
Y se queda dormido al mediodía.

Lo he escuchado, entre los pinos, susurrando
a su modo una palabra de consuelo.
Y jugando a la ronda con los niños
en los fuegos de la noche de San Pedro.

En las tardes calurosas de Verano,
aunque quieto, está presente en el presagio
de esas nubes que han teñido el horizonte
y han posado su mirada en el sembrado.

Es la ráfaga que curiosa zarandeaba
su pollera, aquella tarde de Septiembre.
Y entrecerraba la sonrisa de esos ojos
que han de vivir en los míos... para siempre.

Es el mismo, el mismo viento, sólo cambia
el sentido, el paisaje y el momento,
y mis ojos que esta tarde han descubierto
poesía en el aire en movimiento.

Hoy libero este pájaro de versos
a la brisa vespertina del Invierno.
Y allá va, calle abajo, a la deriva,
mi pequeño poema... para el viento.

Rubén Antolín Heredia - 2002(VERSOS DIVERSOS)

lunes, 17 de agosto de 2009

Esta es ajena, pero muy buena...

Mira si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

Y tú bien sabes por qué
tiré tu cariño al río:
porque era hebilla de esparto
de un cinturón de cuchillos;
porque era anillo de barro
mal tasao y mal vendío,

y porque era flor sin alma
de un abril en compromiso,
que puso, en zarzas y espinas,
un fingimiento de lirios.

Tiré tu cariño al río,
porque era una planta amarga
dentro de mi huerto lírico.

Tiré tu cariño al agua,
porque era una mancha negra
sobre mi fachada blanca.

Tiré tu cariño al río
porque era mala cizaña
quitando savia a mi trigo;

y tiré todo tu amor,
porque era muerte en mi carne
y era agonía en mi voz.

Tú fuiste flor de verano,
sol de un beso, luz de un día;
yo te cuidaba en mi mano,
y en mi mano te acunaba,
y tu, por pagarme, herías
la mano que te cuidaba.

Pero al hacerlo, olvidabas
(tal vez por ingenuidad),
que te di mis sentimientos
no por tus merecimientos
sino por mi voluntad.

Yo no puse en compraventa
mi corazón encendío;
y has de tener muy en cuenta

que mi cariño no fue
ni comprao ni vendío,
sino que lo regalé.

Porque yo soy desprendío;
por eso te dí mi rosa
sin habérmela pedío.

Porque yo soy desprendío
y doy las cosas sin ver
si se las han merecío.

Por eso te di mi vela,
te di el vino de mi jarro,
las llaves de mi cancela
y el látigo de mi carro.

Ya ves si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

Soleá del amor desprendío - Manuel Benítez Carrasco

jueves, 30 de julio de 2009

Pequeño Diálogo Judicial


De regreso de una concurrida ejecución, conversaban animadamente el Juez y el Fiscal.
- Señoría - dijo el Fiscal -, creo que deberíamos suspender, o al menos reprender al verdugo por su falta de habilidad con el hacha. Fue bochornoso, al menos para mí, que necesitara de tres hachazos para terminar con el condenado.
- Sin embargo, fíjese usted que al público, eso de dividir el acto en tres partes, le agradó. En el primer hachazo le cortó una oreja; luego fue un brazo el que voló por los aires, y por último, ya con la mano templada, le acertó al medio del cuello... Fueron tres aplausos muy entusiastas - recordó el Juez con una sonrisa.
- Eso es cierto, fue muy celebrado por el público... ¡Y cómo gritaban! ¡¡Otra, otra!!... Menos mal que us­ted, con el buen criterio que lo caracteriza, los aplacó condenando allí mismo a esa florista que carecía de habilitación municipal.
- Gracias, gracias. Ciertamente se lo merecía... Y ya que me lo recuerda, ¿notó usted cómo, con ese poquillo de práctica, cambió radicalmente la puntería del verdugo? En el primer hachazo hizo volar la cabeza de la florista por sobre el público.
- Es cierto... y ahora que su Señoría lo menciona, es mi deber decirle que creo que debiéramos aumentar el premio que otorgamos al espectador que logra tomar la cabeza en el aire. Una entrada al cine de los martes sinceramente me parece una recompensa exigua - dijo el Fiscal.
- No lo crea, no lo crea, no olvide que ese premio sale de nuestro menguado y discreto presupuesto judicial.
- Tiene usted razón, pero aun así, creo que debiéramos hacer algo para aumentar la afluencia de público a las ejecuciones. Todavía no vi el informe de la taquilla de hoy, pero calculé una concurrencia de unas mil personas. Para un espectáculo con una entrada de un dólar me parece poca gente.
- Sí, puede ser. Ya he estado pensando en algunos cambios... para el futuro - dijo el Juez.
- ¿Se refiere a lo que hablamos el otro día? ¿Eso de intercalar números folclóricos y academias de danzas infantiles entre las ejecuciones?
- En parte sí, pero no alcanza con eso. Yo creo que además, a este espectáculo le está faltando el aporte de una idea revolucionaria. Algo totalmente innovador.
- Yo también había estado pensando algo... - comenzó a decir el Fiscal.
- Bueno, hable, cuente; a ver, ¿qué se le ha ocurrido? Quizá coincidamos - dijo el Juez interesado.
- No, por favor, su Señoría, usted primero.
- No, no. Exponga usted sus ideas y luego lo haré yo - prometió el Juez.
- Bueno... a ver... ¿cómo empiezo? Yo había pensado... este... que quizá... un modo de interesar al público... pudiera ser el que... al condenado... al que se va a ajusticiar... este... se le hiciera... se le hiciera... un juicio previo - dijo finalmente y transpirando el Fiscal.
- ¡Bueno, bueno, en gran parte hemos estado pensando en lo mismo! - dijo el Juez palmeando la espalda al Fiscal que sonreía nervioso.
- ¿En serio? ¿En serio que pensó lo mismo que yo? – preguntó éste, expectante.
- Sí, en principio, sí, pero yo fui más lejos con mis divagaciones. Yo creo que, además del juicio previo que usted menciona,... debiéramos de tratar que los próximos condenados a muerte... sean culpables de algo,... si es posible de algún delito.
- ¡Permítame, Señoría que lo felicite y le bese la mano! ¡Esa es una idea genial! ¡Usted es un revolucionario de la justicia! ¡Pasará a la historia! ¡Seguramente la humanidad le va a agradecer éste, su gran momento de inspiración, con un monumento, una calle o una plaza con su nombre!
Siguieron caminando por las empedradas calles. La noche empezaba a caer sobre la ciudad y la justicia estaba por dar un paso trascendente.